La copa juega un papel decisivo en el servicio de los vinos y no sólo por la estética. Un mismo vino en distintas copas se puede percibir de formas muy distintas, debido a la forma. Algunas marcas comerciales como Riedel han desarrollado gran diversidad de estudios sobre el comportamiento de vinos de distintas variedades en copas de distintas formas y tamaños.

 La aromática va a variar según la forma y el tamaño de la copa. Cuando el vino es servido en la copa, comienzan a evaporarse inmediatamente sus aromas que la llenan rápidamente, en capas según su densidad y peso específico.

 Los aromas menos densos, son los primarios, los que recuerdan a flores y frutas; éstos se elevan hasta el borde de la copa, mientras que el centro se llena con vegetales verdes y componentes minerales y terrosos. Los aromas más densos, los terciarios, que son los típicos de la madera y el alcohol, se quedan sobre la superficie del vino.

 Si se agita el vino, se humedece una superficie mayor en las paredes, por lo que se incrementa la evaporación y la intensidad de los aromas y las copas de mayor capacidad permite captar los distintos aromas.

 El gusto de un vino también va a depender de la forma de la copa. Los movimientos y ajustes físicos de la cabeza y del cuerpo se controlan inconscientemente. La forma de la copa hace que la cabeza se posicione para beber y no derramar. Las copas de boca ancha hacen bajar la cabeza para ingerir, mientras que un borde reducido fuerza la cabeza hacia atrás, creando un canal por donde desciende el líquido por gravedad. Así pues, con una distinta abertura de la copa se conseguirá que la bebida penetre y se posicione en distintas zonas de la lengua, percibiéndose distintas sensaciones.

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